Crítica de la razón puta

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Crítica de la razón puta

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[…] buscaba evitar la tendencia androcéntrica que deshumaniza a las trabajadoras sexuales, excluyéndolas y denegándoles autoridad epistémica, considerándolas incapaces de analizar su propia situación y generar herramientas contra las opresiones que sufren. Frente a ello, privilegiaría el punto de vista de las trabajadoras sexuales, que ya no serían sujetos de estudio, sino agentes de conocimiento. — p. 20

El abolicionismo considera que la explotación y la violencia son inherentes a la prostitución, en su versión contemporánea la define como violencia de género y la analiza como una institución patriarcal donde el consumo de servicios por parte de varones reproduce y legitima la desigualdad de género. En consecuencia, apuesta por su abolición, ya sea a través de la condena social al cliente, en sus versiones más moderadas, o a través de su penalización, abanderando el modelo nórdico. Por su parte, la posición proderecho entiende, en cambio, que dichas consecuencias se derivan en las condiciones de clandestinidad y criminalización parcial o directa en las cuales se ejerce, la concibe como un trabajo no susceptible de ser analizado desde la variable género en exclusiva, de modo que persigue el acceso a derechoes, la regulación de protecciones laborales y el diseño de políticas públicas con el fin de aumentar la autonomía del colectivo y reducir el daño presente en la industria. — p. 24

Nuestra antropóloga [Paola Tabet] señala que la ausencia de un criterio universal capaz de demarcar qué sea la prostitución se explica porque así será llamada aquella forma del continuum que desafíe las reglas de propiedad aplicadas a las mujeres. O en otras palabras: tildaremos como prostitución al polo estigmatizado del intercambio económico sexual. — p. 43

«no soy prostituta, sino que trabajo de prostituta» — p. 53

Se trata de romper con la actual contraprestación injusta —derechos a cambio de cotización— que concede derechos a aquellos individuos rentables y productivos que contribuyan económicamente a las arcas de los Estados. — p. 152

La preeminencia otorgada al sistema penal dificulta la elaboración de alternativas a este recurso, de formas de resistencia individuales y colectivas, mina los esfuerzos por pensar soluciones más radicales y políticas, nos educa en la falsa creencia de que la violencia del sistema puede resolverse dentro y a través de ese mismo sistema. Y no. «Porque las herramientas del amo nunca desarmarán la casa del amo». — p. 159

Probablemente una de las funciones estructurales que desempeña la prostitución para la clase masculina sea la de permitirles alternar instituciones sin que se resquebraje el modelo matrimonial ni quede expuesto su fracaso. En el patriarcardo cuentan con la santa, para reproducir y mantener el sistema, y la puta, la válvula de escape para que ese mismo sistema tampoco decaiga. — p. 228

El discurso que afirma que la venta de sexo equivale a la venta del cuerpo, del propio yo, continúa revalidando al patriarcado al reforzar la idea de que aquello que somos es, simple y llanamente, sexo. Frente a ello, las putas feministas encierran la oportunidad de desterrar el mantra de la subjetividad sexualizada. — p. 273

El término «interseccionalidad» fue acuñado en 1989 por la abogada afro estadounidense Kimberlé Crenshaw, quien elaboró el concepto para dar cuenta del vacío en el empleo y las políticas contra la violencia de género en el que se encontraban las mujeres negras, cuya opresión no podía ser comprendida a partir del feminismo ni del antirracismo en exclusiva, sino habitando en la intersección entre ambos colectivos. — p. 293

Precisamente para hacer frente a estas proyecciones, neutralizar la internalización y restituir las alianzas necesarias entre diferentes sectores Carlos Leigh alumbró aquel término que reuniera a todas las putas: trabajadora sexual. — p. 314

El argumento abolicionista que juzga que el consentimiento nunca es pleno en prostitución porque median necesidades económicas invisibiliza que la socialización en el amor romántico puede nublar ese mismo consentimiento de manera mucho más recurrente. — p. 317

Por obra y gracia del capitalismo, absolutamente todas las personas nos vendemos. A menudo me responden que la prostitución es diferente porque la sexualidad se encuentra ligada a lo que somos, que es inherente al yo. ¿Qué no lo es?, ¿qué trabajo exige capacidades independientes a nuestro yo?, ¿en qué epígrafe profesional nos despersonalizamos y las explotaciones que sufrimos no hacen mella en nuestra autoestima, salud mental y física?, ¿qué disculpa este olvido sistemático del cuerpo y de la identidad en todas las demás relaciones de producción y reproducción? La diferencia entre uno y otros es moral, porque lo que distingue es la valoración social negativa que entraña al sexo. […] Quisiera subrayar que el trabajo no dignifica; la exigencia de vendernos no es en absoluto deseable; nadie elige disponer de remuneración: se impone. Cuando digo que la prostitución es un trabajo no quiero decir que «esté bien», porque el trabajo no lo está. — p. 328